5 de noviembre de 2013

De cómo se me ocurrió meterme a estudiar esa cosa arrugada y gelatinosa llamada cerebro, parte I

Cuando la conocí, me cayó francamente mal.

Era de esas chavas güeritas, fresas, con mucha iniciativa y vocación por organizar a todos como creen que es más conveniente. Por esos curiosos recovecos de la probabilidad tuve que hacer equipo con ella. Uno de los primeros equipos de muchos, muchísimos, que vendrían después. Era nuestro primer semestre en la facultad, y en esos días nada hacía suponer que íbamos a acabar ese mismo semestre siendo amigos. 

La facultad de entonces era un lugar, la verdad, feo. Con un tristísimo color gris en todas las paredes que dejaba una vaga sensación de opresión. Los pupitres eran de madera, muy incómodos, y con tallas y pintas de generaciones y generaciones de aspirantes a psicólogos anteriores a la nuestra. Lo mismo podías encontrar en esas bancas declaraciones de amor que acordeones de cualquiera de las materias del plan de estudios. Lo habitual, pues.

Ahora ya hay dos edificios más de aulas, bancas nuevas, piso nuevo, pantallas retráctiles para el uso de proyectores en cada aula, nueva sala de lectura en la biblioteca, una carpa fija que da sombra a banquitos y mesitas de concreto, canchas de basquetbol... Entonces no había nada de eso. Entrando por el estacionamiento sólo había dos puestos que vendían lo mismo cigarros, ensaladas, sopas Maruchan o botellas de agua, que tacos de guisado, quesadillas o refrescos. Por cafetería teníamos dos o tres mesas metálicas con cuatro banquitos cada una, coronadas por parasoles igualmente metálicos cuyo diseño incluía aberturas tan grandes que los hacían inútiles contra el sol o la lluvia. Lo más avanzado en tecnología didáctica consistía en proyectores de acetatos en algunas de las aulas, encerrados en unos anaqueles de metal bastante feos, fijos en las paredes del fondo. Del techo de algunos otros salones colgaban televisiones, sin botones ni certeza de que funcionaran, encerrados en jaulas de metal con no menos de cuatro candados. El legendario Psicotaco se encontraba en su esplendor: contaba con una especie de terraza grande, bordeada por malla ciclónica, a un costado del estrecho pasaje que conectaba la facultad con el resto de la Universidad. Tenía una envidiable vista panorámica de la Rectoría y la Biblioteca Central. El prestigio del Psicotaco atraía hambrientos peregrinos de las cercanas facultades de Filosofía, Derecho o Arquitectura, o incluso de facultades más distantes como Medicina, Odontología o hasta Ciencias.

La biblioteca expedía su propia credencial, distinta de la de la facultad, y se tenían que llenar unas papeletitas cuadradas para pedir libros en préstamo.

En las últimas semanas de los cursos, como buenos estudiantes de licenciatura, platicábamos de todo y de nada, en alguna de las jardineras de la facultad. Me contaba mi nueva amiga cómo era la carrera de Biología, y por qué decidió dejarla para meterse a Psicología. Un cambio radical, mirado de pasada, pero no tan drástico si se considera con detenimiento. Entre las muchas cosas interesantes de su paso por la Facultad de Ciencias se contaba una breve estadía en un laboratorio de investigación.

En el bachillerato fui un estudiante bastante mediocre. Con muchísimo trabajo aprobé, en extraordinarios, las materias que me mantuvieron en la preparatoria cinco años. "Es que hice posgrado en prepa", solía decir estúpidamente. Pero una de las asignaturas que no sólo pasé a la primera, sino que me llamó poderosamente la atención, fue Psicología. Y fueron en particular dos los temas que me interesaron mucho más: psicoanálisis y Sistema Nervioso. De forma que cuando mi nueva amiga de la facultad me confió su interés por repetir la experiencia en algún laboratorio de investigación, pero esta vez relacionado con Psicología, con vivo entusiasmo le pedí que me incluyera en sus planes.

Hablamos con nuestro profesor de Bases Biológicas de la Conducta, pidiendo su consejo. No sé (no le he preguntado) por qué nos recomendó que fuéramos con cierto investigador. "Okei, entonces mañana le llamo y le pregunto si podemos ir", dijo ella. "¿Para qué le hablas? ¡Velo a ver!", contestó él.

Curiosamente, contra cualquier pronóstico, mi entonces nueva amiga y yo seguimos siendo muy buenos amigos. Hicimos una especie de equipo simbiótico-académico la mayor parte de la licenciatura. Hemos reído y llorado juntos por más de diez años. Y ella se convirtió en la esposa de aquel profesor nuestro, con quien también me tomo el privilegio de considerar como un amigo.

9 de septiembre de 2013

La casa de la tristeza.

El camino no es precisamente accidentado, pero tampoco se podría decir que es fácilmente transitable. Hay montones de lodo y basura dispersos a ambos lados de la carretera. A nuestro lado pasan camiones de todos los tipos y tamaños imaginables, corriendo con ese frenesí por llegar a ninguna parte que los caracteriza.

Días antes cayó una tromba memorable sobre toda la zona. La gente cuenta que el nivel del agua llegaba hasta la cintura. Cientos, o quizá miles de casas perdieron muebles y aparatos eléctricos.

La última vez que estuve aquí fue hace unos tres años. Desde que dejé de vivir aquí, diez años atrás, la "modernidad" ha alcanzado a este pueblucho. Y por modernidad me refiero a la proliferación de changarros. Hay taquerías, ferreterías, mueblerías, refaccionarias automotrices, talleres mecánicos, bastantes moteles de paso (trescientos pesos la noche por la habitación más cara, según sus fachadas), recauderías, incontables tiendas de abarrotes, y hasta algunos que venden consumibles para computadoras e impresoras. La "modernidad" también abarca un par de supermercados, algunos puentes peatonales que nadie usa, herrumbrosos juegos infantiles que no parecen haber conocido nunca a ningún niño, y antiguos caminos de terracería que fueron pavimentados de cualquier forma. También hay una gasolinería, y hasta tiendas de conveniencia. Cafés internet que conviven con nopaleras. Papelerías, o farmacias, en medio de modestísimos sembradíos de maíz. Alguna antena de telefonía celular rodeada de corrales para gallinas.

Ese es el progreso que el cambio de siglo le trajo a este pueblo.

Al menos ya no son tan numerosos los cadáveres hinchados de perros, que solían encontrarse dispersos por toda la carretera.

Uno de esos antiguos caminos de terracería dan directamente a la calle principal. Damos vuelta a la izquierda, dos calles más abajo, y después a la derecha, y llegamos a la casa donde solía vivir. Es una casita de dos plantas, con dos franjas de pasto seco al frente que alguna vez fueron llamadas con optimismo "jardín frontal".Tiene rejas de hierro blancas en las ventanas. Quizá es por la suciedad acumulada en las rejas, por lo seco del pasto, por la lejanía, por lo recuerdos, pero toda la impresión que me da la casa es de muchísima tristeza. 

Abrimos la puerta, descorriendo los varios cerrojos que la falta de seguridad pública nos obligó una vez a instalar, y nos recibe un inconfundible tufo a humedad. Nuestros pies pisan una alfombra formada por el polvo acumulado de años de abandono. Todo está cubierto por una espesa capa de polvo. Las telarañas son incontables, y están en todas partes. En el centro de la planta baja, al lado de la minúscula cocina, hay unas escaleras de caracol. Al subirlas llegamos a un descanso tan pequeño, que dos personas no se hallarían cómodamente en él. A la izquierda, el baño; a la derecha, la única habitación de la casa. El baño es pequeño, como todo lo demás. El agua estancada en el retrete nos hace imaginar que debería haber toda clase de bichos de agua sucia viviendo en él. Sin embargo, no se ve ninguno.

Entramos al cuarto. Es una recámara capaz de acomodar una cama matrimonial, no más grande. En el espacio destinado a clóset metimos, hace años, un anaquel de acero que nos funcionaba como ropero. Aún está en su sitio, polvosa, nuestra vieja televisión de 21 pulgadas (de lo mejor en su tiempo), como aburrida de esperar a los espectadores que ya nunca regresaron. Las mesitas de noche siguen también ahí. Hay hasta ropa con la que nunca me volví a vestir desde el día en el que decidí irme de ahí.



19 de noviembre de 2012

Je ne regrette rien.


Recuerdo que había en un salón (llamado con bastante optimismo "laboratorio") una enorme célula, casi de tamaño natural (suponiendo que lo más natural en cuanto a tamaños es aquello que está en relación con el tamaño de un ser humano promedio), encerrada en láminas de plástico transparente. Justo afuera, un jardincito, el mejor cuidado o, quizás, el único que merecía semejante nombre.Todos sabían que, por estar relativamente apartado, era el lugar preferido por las parejitas para empezar a conocer a fondo al sexo opuesto (si había quienes entraban a explorar al mismo sexo, no supe nada nunca). 
Recuerdo una tarde lluviosa en particular. Camino sin rumbo por los pasillos de la escuela. Llevo unas cosas que solíamos llamar Walkman. Mientras camino, viendo la lluvia, siento que una vez más me enamoré de quien no debía. Ella ya tenía, supuse yo, sus ojos en alguien más. Un amor muerto antes de nacer, pues. No me preocupa que el agua que salpica de los techos me caiga encima porque, finalmente, las gotas que escurren de mi cabello disfrazan las lágrimas de mi corazón roto de chamaco. Lo curioso es que al final, un final que llegó unos días después, sí me quiso a mí.

Recuerdo a mis nuevos amigos. Recuerdo sus cabellos largos, sus uñas pintadas de negro; alguno incluso se pintaba los labios también de negro. "Ese disco lo tengo prestado, pero te traje éste. También está muy chingón". Recuerdo mis pésimas lecturas de entonces, con las que me refugiaba de un mundo del que me sentía demasiado asustado como para socializar con él. Recuerdo el olor a madera de la casa de uno de ellos, su guitarra eléctrica de segunda mano, las interminables noches jugando StarCraft en sus múltiples computadoras. Recuerdo las divertidísimas tardes de pizzas y Dungeons and Dragons en casa de otro más de ellos. Cómo ese mismo amigo rompió dos vasos de vidrio en mi casa. Nunca quise hacerles caso a sus muchas sugerencias de que a él le venían bastante mejor los vasos de plástico.

Recuerdo una noche particularmente difícil. Me veo muy asustado, vagando por los pasillos de la escuela, con una camisa enrollada en la cabeza para taparme la cara. Aún huelo el inconfundible tufo que dejan los incendios. La columna de humo. La confusión. Los gritos. El miedo. Las sirenas, los helicópteros (quizá sólo era uno, o ninguno). Veo a mi madre, quizá más asustada que yo, pasándome comida a través de los barrotes de la reja. Las "guardias" que me pusieron a hacer en medio de la oscuridad casi total. Los rumores diseñados, lo entendí mucho después, para meternos más miedo.

Aquí no hubo música. Eso fue quizá, por lo menos para mis recuerdos, lo peor.




2 de noviembre de 2012

Paréntesis.

Este es un pequeño paréntesis en la programación habitual de este espacio.Y lo usaré para que sepan todos ustedes que de repente entran, y que les interesa (aunque sea un poquito) lo que escribo, que aquí la mente y la creatividad de un servidor no se limitan. En otras palabras: hay cosas que escribo que son mucho más dramáticas de lo que es mi vida real. Tengo maña para los discursos dramáticos, y no dudo en usarla siempre que tiene ganas de salir. Hay muchas cosas que aparecen por aquí que son fiel reflejo de la realidad de mi vida.Pero hay muchas otras que voy a llamar "licencias literarias". Gracias por preocuparse. Gracias por leerme y suponer que soy un pobre infeliz con una vida demasiado triste. A todos ustedes que me conocen fuera de este espacio les digo: todo bien. A los que no,y de todas formas se preocupan: todo bien. A los que tampoco me conocen, y creen que pueden pitorrearse y pisotear a quien perciben como un tipo demasiado patético: no me jodan, ni pierdan su tiempo. Voy a seguir escribiendo exactamente como se me pegue mi gana, y cuando tenga de ella suficiente. Llevo siete años ya con este espacio; es mío, y yo decido que se publica en él.
Gracias a todos.

25 de octubre de 2012

251012

La oscuridad del cuarto, cuando se ha hecho muy tarde. La misma ropa encima, más por indiferencia que por falta de higiene. El frío tan desagradable de la madrugada. El monótono zumbido de las lámparas. El eterno tictac de los relojes. La incertidumbre. Lo que no se decide por llegar. Las colillas que se amontonan en un cenicero ya demasiado lleno. La espera. Libros apilados. Trates sucios, cada vez más de ellos. Ansiedad. El sueño que va y viene. Otra vez ese maldito frío de la madrugada. El ruido lejano de los pocos coches que pasan. Una colilla más. El aire viciado por el humo de tantos cigarros. El qué dirás. Mucha sed. Ese frío, que quizá esté más dentro que fuera. Lo que no se dice. Lo que sí. Lo que se quiere decir. Lo que no se va a decir jamás. La espera. La ansiedad. Un mañana que bien podría ser pasado mañana, o el mes que entra. Los relojes con su inútil tictac. El deseo, guardado tanto tiempo. El sueño que se va. El que se queda. La mañana que llega.

17 de marzo de 2012

170312

Y desperté un día, sabiendo que la vida, lo que sea a lo que yo quiera llamarle vida, está muy lejos de todos ustedes. No porque yo quiera que esté lejos más que por que ustedes decidieron (o no) que estuviera lejos. La vida, ese hato de estupideces, intrascendencias y ridiculeces que yo quiero llamar vida, está muy lejos de ustedes, y lo va a estar aún más. Porque, finalmente, esta colección de aburrimiento y tedio que yo suelo llamar vida quiero que se termine de una vez. No de la forma trágica, pero sí que se termine. Porque lleva terminándose mucho tiempo, y siempre regresa a pesar de mí y de ustedes. Porque desperté un día, sabiendo que además de este profundísimo pozo de miseria existencial que yo suelo llamar vida hay otra vida allá afuera. Porque yo quiero que sea así. Porque ustedes no distinguirían una vida de otra. Porque, de todas formas, no les ha de interesar una vida u otra. Hay otra vida que no puedo ni definir pero, seguro, sería mejor que ésta. Y un día voy a despertar sabiendo que estoy exactamente en la misma miseria, vacío, tedio, aburrimiento y tristeza que yo suelo llamar vida, y que parece que estará aquí siempre.

3 de noviembre de 2011

De cuando la vida se prometía a sí misma.

Han de saber que, en realidad, yo no tengo casa. He tenido ahora ya doce casas, pero ninguna de ellas ha sido mía, ninguna ha debido permanecer. Porque  los sitios donde yo habito realmente están todos dentro de mi cabeza. Son sitios con muros hechos de sonidos, de viejísimas melodías. Son muros que empezaron a levantarse hace casi veinte años, cuando decidí grabar música desconocida que apenas se distinguía entre tanta estática e interferencias. Son muros hechos de variadísimas recomendaciones ilustradas con fotografías que me causaban una honda impresión. Bicicletas oxidadas, jardines tan remotos como bellos, parejas desnudas despertando juntas, y gente haciendo aerobics con atuendos ahora ya muy anticuados. Son muros hechos de la descripción de la estructura del ADN, y de todos los profetas del Antiguo Testamento. Ahí está lo mismo un muy subjetivo “top 10” de música culta que recomendaciones demasiado optimistas para sobrevivir a una bomba atómica. Ahí dentro está lo mismo la sexta sinfonía de van Beethoven que la voz y el arpa de Esther Lamandier. Dentro huele a madera,  barnizada con algún menjurge hecho con petróleo. Ahí dentro se cierra la puerta de la entrada con un simple pasador. Ahí dentro la lluvia convoca en minutos un auténtico ejército de caracoles; uno ha de caminar con muchísimo cuidado para no aplastar a ninguno. Ahí, las ventanas tienen vidrios amarillos que cuesta mucho limpiar por la herrería que los protege. Ahí dentro están todas las horas pasadas sobre una mullida alfombra, leyendo en libros de Historia cómo la humanidad ha resuelto reventarse a base de balas y bombas. Dentro estoy yo solo, y nadie nunca puede ni podrá entrar. Dentro, todos estos años extra que he vivido se disuelven y desaparecen, al fin. Ahí no hace falta pagar carísimas rentas, ni comprar despensas, ni buscar obsesivamente estacionamientos, ni preocuparse por vulgaridades de ese tipo. El sol que entra por sus ventanas es el único que calienta. Pero es triste, porque no puedo entrar siempre que yo quiera. Hay una entrada, una sola, que el vacío infinito de mi tedio y mi rutina se empeña en esconder.  Es muy triste porque cuando estoy ahí, sé que no voy a poder regresar en mucho tiempo. Pero cuando entro, toda esta mediocre e hipócrita fantasía llamada éxito se desdibuja hasta que sólo queda la gran pregunta: ¿cómo logré desperdiciar tantos años correteando la promesa de alguien más, de muchos millones de alguien más?  Alguien más: ya llegué, más o menos. Y ¿ahora? ¿Cuándo empiezo a ser feliz?